Category Archives: Yoga Master

Mixed signals

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Soy muy de creer en que la vida nos va dejando señales cuando tenemos un problema que no sabemos como resolver.

Alguna vez mi escritora favorita me habló de como, cuando llevaba su libro a que lo leyera una persona que lo pudiera publicar, todos los semáforos que encontró en el camino estaban en verde. Y al final, ese día ella logró acordar con la editorial que publicó su escrito por primera vez.

¿Esto les suena demasiado extraño? A mi no. De hecho, me parece absurdamente lógico. Y es que solemos estar tan ensimismados, tan profundamente perdidos en nuestros pequeños universos, que realmente olvidamos que sólo somos parte de uno mucho más grande e infinito.

Es decir, cuando pensamos en algo, en equis situación, estamos creando un tipo de energía que de una manera u otra afecta la totalidad del Universo, aunque no seamos consientes de ello.

Por eso, cuando me siento muy perdida, muy absorbida por mis problemas, al punto tal que ya no se como solucionarlos, simplemente los suelto ahí, en la infinidad del cosmos, esperando que a cambio, el cosmos traiga ese mismo problema en forma de señal o de solución.

Varias veces me he sentido algo desesperada, que de plano ya las situaciones me sobrepasan y es cuando, poniendo un poco de atención, alcanzo a notar que la vida intenta decirme “algo” a través de sutiles o a veces muy claras señales.

Por ejemplo, cuando seguía aferrada a vivir cerca de mi ex-novia, pero lejos de donde podía hacer algo con mi vida y de repente me empezaron a llover (así, literal, “llover”) ofertas de trabajo para regresarme a mi estado y yo simplemente las ignoraba.

De cierta manera, la vida estaba tratando de decirme “no seas bruta, tu ya no tienes nada que hacer aquí; regrésate, sigue con tu vida y con tu planes, que ella ya tiene los propios y no te incluyen”.

Pero uno a veces es necio. Se ciega absurdamente. Digo, ¿para que pedir señales si luego las vamos a ignorar?.

A partir de entonces me propuse ser más receptiva, estar más abierta a este tipo de señales y algo más: me atreví a pedirlas. A Dios, al Universo, al Cosmos, a Buda o como ustedes gusten llamarle.

El caso es que a veces, cuando me siento ya rebasada por los problemas; o mejor aún, cuando siento que YA le estoy dando muchas vueltas a un mismo asunto, así vaya comenzando, en ese momento cierro mis ojos y digo: dame una señal por favor.

No se a ciencia cierta si como tal han llegado, pero creo que a veces el gesto más ridículo puede estar encubriendo una buena señal.

Por ejemplo, hace poco que me empecé a sentir atraída por mi maestra de yoga, a quien a partir de hoy llamaremos Dalila.

Bueno, pues de repente me encontré a mi misma como elucubrando ahí un buen rato un plan para acercarme a ella más (claro, lejos de la clase) como hablarle, como invitarla a salir y lo más importante, si acaso debía o no hacerlo o simplemente debía dejarla pasar.

Pues en esas estaba cuando un día, al llegar al salón fue ella (si ella) y no yo, quien comenzó la plática. Así, casual y sin grandes intenciones, fue ella quien dio ese primer paso que yo tanto miedo tenía de dar.

¿Pensarían que esto es una señal? Yo no lo sé a ciencia cierta, pero quiero pensar que si. Quiero pensar que la vida te va dejando pequeños Froot Loops en el camino para llegar a donde debes (como Sully a Boo en Monsters Inc.), para que no te pierdas tan fácilmente. La vida va prendiendo esos miles de semáforos en verde, o en rojo o en amarillo, y nosotros tendríamos que ser capaces de interpretarlos. Cuando seguir, cuando ser precavidos o cuando sencillamente detenernos.

El punto es estar siempre atentos, siempre abiertos, con nuestra mente ligera de pensamientos y de basura, para que cuando llegue la señal, estemos receptivos y podamos seguir como es mejor para nosotros.

Llámenme loca si quieren, pero al día de hoy ya cuento con un buen número de señales que me hacen pensar que quizá, y digo sólo quizá, yo tampoco le sea indiferente a Dalila.

 

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¿Cómo era yo?

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Ya les he contado aquí las historia de como tuve que hacerme a la idea de que la persona que amaba me estaba dejando. Me abandonó y no hubo vuelta atrás.

Fue un proceso bastante complicado. Como que uno no piensa que puede llegar a sufrir tanto por una x o y situación hasta que te toca vivirla.

En el camino de superar este problema, me encontré con que todo este tiempo había estado perdida y de pronto ya no sabía ni lo que quería hacer con mi vida, ni lo que quería lograr. Perdí objetivos, sueños, perdí absolutamente todo…

Y aún con esto, no me sentía tan perdida. Pero el día que ya no tenía algo que realmente me importaba, algo que me había acompañado en toda mi vida, entonces si sentí miedo.

Me refiero a mi identidad. A mi manera de ser, ese humano que conocía. Y es que no me podía reconocer a mi misma. A veces, en ciertas situaciones, ya no sabía como actuar o como reaccionar.

Por ejemplo, las veces que iba al antro. Antes encajaba perfecto. Aunque fuera sola, de repente ya estaba con un grupo de personas y como si nos conociéramos de toda la vida. Es decir, olvidé como socializar, algo que antes me salía perfecto y sin ningún esfuerzo, ¿me explico?.

Fui olvidando como acercarme a la gente, como salir y divertirme, como conocer más personas, como ser agradable y que los demás quisieran estar conmigo. Porque además parecía que ya nadie se me quería acercar, que había perdido mi mojo y simplemente regresaba a mi casa y me decía ¿quién soy? ¿Qué está pasando conmigo? ¿Porqué la gente no quiere convivir conmigo? ¿Porqué siento que todo mundo habla a mis espaldas? ¿Cómo era yo?… ¿Porqué me hacía feliz esa música? ¿Porqué parecía que le caía bien a toda la gente? ¿Porqué ya no puedo sentirme contenta y en paz como lograba hacerlo antes? ¿en quién demonios me convertí?.

Me sentí pésimo por casi un año. No me reconocía en las lágrimas, en esa tristeza extrema que no podía sacar de mi cuerpo. Pasaba las noches enteras llorando, los días completos dándole vueltas a la misma situación. Cuando me dormía la soñaba y despertaba con una ansiedad tremenda, por que también en mis sueños ella me abandonaba y yo, de una y mil maneras, le preguntaba ¿porqué? y le pedía que se quedara. De una y mil maneras literal. La mente es muy astuta a la hora de recrear.

Me convertí en una persona llena de rencor, con un odio que evidentemente estaba destruyendo lo poco que había quedado de pie en mi ser.

Tenía que encontrar una manera de salir de eso y entonces recordé algo que siempre me había gustado, algo que me hacía feliz de una manera que nada más puede hacerlo, al punto tal que incluso llegué a pensar en abandonar mi carrera y dedicarme a esta actividad… me refiero a la yoga.

Entonces como pude, con toda la flojera, el desánimo, con todo el pesimismo, odio, rencor, tristeza y dolor que había dentro de mi, decidí regresar a practicar yoga.

Fue muy complicado al principio. Muchos días asistía casi que a la fuerza, más que por gusto, como lo hacía antes. Otras tantas, mientras estaba tratando de concentrarme y hacer bien las posturas, los recuerdos más absurdos me llegaban de la nada y me sentía tan mal que empezaba a llorar, esperando que nadie lo notara.

De alguna manera, la yoga me hizo enfrentarme a mi misma y a esos miedos, a ese odio, a todos mis recuerdos y dejar de evadirlos. Y es que ese espacio, ese tiempo que te dedicas a ti misma, a escucharte, a reconocerte, a superarte… Ese silencio que te acompaña durante la práctica, esa falta de ruido mental es la que te lleva a conectar con tus más profundos sentimientos y fue allí donde yo encontré, en un pequeño rincón, el espacio idóneo para el perdón.

Tenía que perdonarla a ella, aceptar que se había ido, hecho su vida y que no iba a regresar. Tenía que perdonarme a mi misma (sobre todo esto) y aceptar el hecho de que mi vida había cambiado, que ahora estaba sin pareja nuevamente y que probablemente nada tenía que ver conmigo que ella hubiera decidido irse. Tenía que hallar una razón lo suficientemente egoísta (en el sentido positivo de esta palabra) para dejar de sentirme inútil, sin valía, para dejar de sentirme “la abandonada”, la pequeña ratoncita detrás de un árbol esperando para salir a hurtadillas y volver a esconderse.

Todo esto lo fui logrando poco a poco. Primero que nada, no huyendo de estos sentimientos negativos que me estaban aislando. Lidiar con mis demonios, de frente, sin barreras, sin pretextos. Lo hice.

Segundo, tenía que reconectarme con mi ser primario, volver a encontrar un propósito lo suficientemente grande como para levantarme de mi cama todos los días. Y aquí fue complicado, pues es más fácil aferrarte a que ese propósito sea una persona o un fantasma, que ser tu mismo y tu razón de estar viva. Pero también lo logré.

En fin, podría explicarles aquí paso a paso como mientras me volvía más capaz de hacer una u otra postura, mi vida fue cambiando.

Lo importante es que ya ahora puedo decir que estoy en buen camino… Me siento más feliz cada día, más relajada, más en paz y enfocada en mis sueños. Retomé algunas metas que había abandonado, pero que eran mías y sólo mías, metas que no compartía con nadie y por tanto, nadie podía quitármelas.

Volvía, junto con la yoga, a meditar y de esta manera, me volví hacía lo espiritual de una forma positiva.

Ya estoy recordando como sentirme feliz, porque realmente me siento así la mayor parte del tiempo. Ya recuerdo por que hay ciertas canciones que me ponen de buenas, y es porque, de hecho, tal cual, amo esa música y no hay manera de que al escucharla no me sienta contenta.

Ya recuerdo como es socializar, porque la gente empieza a acercarse a nuevamente a mi en busca de un consejo, o simplemente por que les agrada mi compañía y quieren platicar conmigo, saber de mi.

Hay algo hermoso en mi ser que había olvidado, que había perdido yo solita por pensar que no valía la pena, que era una persona horrible, por que (en sus propias palabras) yo “no era tan buena como pensaba”.

Y de hecho si. Tuve que demostrarme a mi que tan buena podía ser y que tan agradable y tan altruista podía ser, por que yo sabía que así habido sido siempre.

Y si, así soy yo. Me gusta dar sin esperar nada a cambio, aunque si lo pienso, en realidad, cuando a mi me gusta dar algo, sea un detalle insignificante o lo que sea, es simplemente por que esa persona a quien se lo doy, ya me da algo a cambio. Quizá sin ella saberlo o notarlo. Pero aprendí a valorar hasta la presencia de las personas. Hasta sus mínimas palabras. Sobre todo, aprendí a valorar lo que cada ser aporta a tu vida.

Y ya hablando de ese tema, creo que no puedo terminar este post sin hablar de la persona a quien más identifico como mi guía en todo este camino. Me refiero a mi maestra de yoga. Y si, en un principio me sentí muy atraída a ella únicamente por su físico (es guapísima) pero después, ahora que he tenido la oportunidad de conocerla un poco más, me doy cuenta que es muy tierna, simpática, amable, es una belleza de persona.

No se si la estoy idealizando, pero si se que lo que veo en ella me agrada y mucho. Me hace sentir en mi centro, alejada de todo lo que me daña. Desde luego, la admiro y algún día me gustaría llegar a ser como ella, siendo capaz de hacer todas esas posturas con el mínimo esfuerzo, siendo capaz de darle a las personas a mi alrededor un “algo” capaz de cambiar sus vidas.

Ya recordé como era yo… y aunque hay muchas cosas de mi que quiero cambiar, también hay muchísimas que extrañaba y ya recuerdo porque…

Ya recordé como me hacía sentir esa canción, y es exactamente igual que como me hace sentir ella cuando está cerca de mi: feliz, completa, en paz y con equilibrio.

Y es porque dentro de mi habita una mujer sensible, de buenos sentimientos. Es porque podré ser una bruja, pero también soy un hada. Y es porque puedo encontrarle lo bueno hasta lo más malo y dar de mi el 100% en cada cosa que hago. Es porque me gusta dar sin esperar nada a cambio, porque lo que tengo es demasiado y sentirme agradecida por ello es algo que es muy de mi.

Es porque nunca he dejado de ser una escritora, ni de hacer música; es porque nada logra que abandone mi sueños y puedo levantarme una y otra vez y es porque, después de todo esto, después de haberme perdido en el más oscuro de los laberintos, volví a hallar la luz, una muy brillante, una que nunca se apaga, esa es la luz que me hace ser yo.

 

 

 

 

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Sorpréndeme

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Me gustaste desde el primer momento que te vi.

Quizá fue que tengo cierta predisposición a enamorarme de figuras de autoridad (léase maestras) o simplemente fue que te encontré en un momento de mi vida en que realmente necesitaba sentir una energía diferente, algo parecido a lo que tu vibras.

El caso es que todo iba bien, me gustabas, pero era algo que podía controlar. Y un día todo valió madres: fue cuando te tuve más cerca y pude admirar tus ojos.

Definitivamente tu mirada me cautivó, me dijo cosas que antes no había ni siquiera notado. Me pareciste muy tierna, teniendo un toque infantil en tu sonrisa y en tus actos.

Me gustas mucho. Eres atractiva, tienes un cuerpo que yo describiría como perfecto, una vibra muy linda; eres simpática, amable y detallista. Me gusta esa ternura recién descubierta y a la vez desbordas una gran sensualidad que a fin de cuentas es lo único que puedo decir al 100% me atrae de ti.

Ahora se que tienes un hijo y no se nada más de ti.

No es algo que me asuste. Siempre he querido ser mamá y sin embargo, pocas veces me he imaginado a mi misma dando a luz a un hijo propio. Entonces no me molesta en absoluto eso en ti, al contrario, también es algo que me gusta.

Amo tus clases. Al principio fue muy complicado adaptarme a tu ritmo, a tus rutinas. Hoy es un poco más sencillo y eso en gran parte tiene que ver con el hecho de que me gustas. Sin duda alguna.

Si no fueras tu mi maestra (y digo maestra así con todas sus letras, por que si, además tienes mi admiración y respeto por esa dedicación y empeño en tus clases) estoy segura que ya habría desistido desde hace mucho.

Sólo se que no estás en mi vida por casualidad. Pude haber elegido otro colegio y elegí este. Pude haber ido cualquier otro día de la semana y escogí este específico, que es cuando tu das clases.

Me gustas demasiado y me gusta que todo esto ya salió “de control”. Pienso en ti y sonrío. Hablo de ti y me descubro especialmente feliz. Cambiaste el sentido de mi vida y yo creo que sin siquiera buscarlo. Ni yo lo hacía.

Todo suena demasiado perfecto, el problema es que en realidad no estoy segura de querer tener una relación en este momento de mi vida.

No es el momento de hablarlo extensamente, pero vienen eventos en mi vida los cuales no quiero pasar atada a nadie. Quiero sentirme libre. Y a la vez quiero estar contigo.

Cada vez pienso más en como sería darte un beso, salir contigo, pasar el tiempo a tu lado. Me encantaría conocerte más, que tu me conocieras mejor y sobre todo, me muero por hacerte el amor.

Y es que realmente, tu cuerpo no es algo que pueda ignorar, algo que pueda pasar de largo fácilmente. Tienes una figura muy femenina y demasiado sensual.

Todo esto es complicado. Pero en realidad eso se reduce a nada si me vuelvo a plantear la idea seria de ser tu novia. Resulta ser mucho más sencillo que otra cosa.

Sin embargo sigo pensando en mi última relación. No terminó bien. Y no quisiera que ahora pasara lo mismo.

Pero en dado caso que llegáramos a ser novias, sólo te pediría una cosa: sorpréndeme, pon a prueba mi resistencia.

Quiero decir, ya pasé por un dolor muy grande que es perder de pronto y sin yo esperarlo a una de las personas que más he amado en mi vida.

¿Qué serías capaz de hacerme tu? ¿Me vas a cambiar por un hombre? ¿Me dejarás acercarme a tu hijo y después simplemente te lo vas a llevar lejos? ¿De qué eres capaz?

O tal vez seas diferente y aquí es donde viene lo interesante. Quizá tu manera de sorprenderme será tratándome con una infinita y desconocida ternura.

O quizá, simplemente te deje pasar de largo en mi vida…

 

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