¿Cómo era yo?

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Ya les he contado aquí las historia de como tuve que hacerme a la idea de que la persona que amaba me estaba dejando. Me abandonó y no hubo vuelta atrás.

Fue un proceso bastante complicado. Como que uno no piensa que puede llegar a sufrir tanto por una x o y situación hasta que te toca vivirla.

En el camino de superar este problema, me encontré con que todo este tiempo había estado perdida y de pronto ya no sabía ni lo que quería hacer con mi vida, ni lo que quería lograr. Perdí objetivos, sueños, perdí absolutamente todo…

Y aún con esto, no me sentía tan perdida. Pero el día que ya no tenía algo que realmente me importaba, algo que me había acompañado en toda mi vida, entonces si sentí miedo.

Me refiero a mi identidad. A mi manera de ser, ese humano que conocía. Y es que no me podía reconocer a mi misma. A veces, en ciertas situaciones, ya no sabía como actuar o como reaccionar.

Por ejemplo, las veces que iba al antro. Antes encajaba perfecto. Aunque fuera sola, de repente ya estaba con un grupo de personas y como si nos conociéramos de toda la vida. Es decir, olvidé como socializar, algo que antes me salía perfecto y sin ningún esfuerzo, ¿me explico?.

Fui olvidando como acercarme a la gente, como salir y divertirme, como conocer más personas, como ser agradable y que los demás quisieran estar conmigo. Porque además parecía que ya nadie se me quería acercar, que había perdido mi mojo y simplemente regresaba a mi casa y me decía ¿quién soy? ¿Qué está pasando conmigo? ¿Porqué la gente no quiere convivir conmigo? ¿Porqué siento que todo mundo habla a mis espaldas? ¿Cómo era yo?… ¿Porqué me hacía feliz esa música? ¿Porqué parecía que le caía bien a toda la gente? ¿Porqué ya no puedo sentirme contenta y en paz como lograba hacerlo antes? ¿en quién demonios me convertí?.

Me sentí pésimo por casi un año. No me reconocía en las lágrimas, en esa tristeza extrema que no podía sacar de mi cuerpo. Pasaba las noches enteras llorando, los días completos dándole vueltas a la misma situación. Cuando me dormía la soñaba y despertaba con una ansiedad tremenda, por que también en mis sueños ella me abandonaba y yo, de una y mil maneras, le preguntaba ¿porqué? y le pedía que se quedara. De una y mil maneras literal. La mente es muy astuta a la hora de recrear.

Me convertí en una persona llena de rencor, con un odio que evidentemente estaba destruyendo lo poco que había quedado de pie en mi ser.

Tenía que encontrar una manera de salir de eso y entonces recordé algo que siempre me había gustado, algo que me hacía feliz de una manera que nada más puede hacerlo, al punto tal que incluso llegué a pensar en abandonar mi carrera y dedicarme a esta actividad… me refiero a la yoga.

Entonces como pude, con toda la flojera, el desánimo, con todo el pesimismo, odio, rencor, tristeza y dolor que había dentro de mi, decidí regresar a practicar yoga.

Fue muy complicado al principio. Muchos días asistía casi que a la fuerza, más que por gusto, como lo hacía antes. Otras tantas, mientras estaba tratando de concentrarme y hacer bien las posturas, los recuerdos más absurdos me llegaban de la nada y me sentía tan mal que empezaba a llorar, esperando que nadie lo notara.

De alguna manera, la yoga me hizo enfrentarme a mi misma y a esos miedos, a ese odio, a todos mis recuerdos y dejar de evadirlos. Y es que ese espacio, ese tiempo que te dedicas a ti misma, a escucharte, a reconocerte, a superarte… Ese silencio que te acompaña durante la práctica, esa falta de ruido mental es la que te lleva a conectar con tus más profundos sentimientos y fue allí donde yo encontré, en un pequeño rincón, el espacio idóneo para el perdón.

Tenía que perdonarla a ella, aceptar que se había ido, hecho su vida y que no iba a regresar. Tenía que perdonarme a mi misma (sobre todo esto) y aceptar el hecho de que mi vida había cambiado, que ahora estaba sin pareja nuevamente y que probablemente nada tenía que ver conmigo que ella hubiera decidido irse. Tenía que hallar una razón lo suficientemente egoísta (en el sentido positivo de esta palabra) para dejar de sentirme inútil, sin valía, para dejar de sentirme “la abandonada”, la pequeña ratoncita detrás de un árbol esperando para salir a hurtadillas y volver a esconderse.

Todo esto lo fui logrando poco a poco. Primero que nada, no huyendo de estos sentimientos negativos que me estaban aislando. Lidiar con mis demonios, de frente, sin barreras, sin pretextos. Lo hice.

Segundo, tenía que reconectarme con mi ser primario, volver a encontrar un propósito lo suficientemente grande como para levantarme de mi cama todos los días. Y aquí fue complicado, pues es más fácil aferrarte a que ese propósito sea una persona o un fantasma, que ser tu mismo y tu razón de estar viva. Pero también lo logré.

En fin, podría explicarles aquí paso a paso como mientras me volvía más capaz de hacer una u otra postura, mi vida fue cambiando.

Lo importante es que ya ahora puedo decir que estoy en buen camino… Me siento más feliz cada día, más relajada, más en paz y enfocada en mis sueños. Retomé algunas metas que había abandonado, pero que eran mías y sólo mías, metas que no compartía con nadie y por tanto, nadie podía quitármelas.

Volvía, junto con la yoga, a meditar y de esta manera, me volví hacía lo espiritual de una forma positiva.

Ya estoy recordando como sentirme feliz, porque realmente me siento así la mayor parte del tiempo. Ya recuerdo por que hay ciertas canciones que me ponen de buenas, y es porque, de hecho, tal cual, amo esa música y no hay manera de que al escucharla no me sienta contenta.

Ya recuerdo como es socializar, porque la gente empieza a acercarse a nuevamente a mi en busca de un consejo, o simplemente por que les agrada mi compañía y quieren platicar conmigo, saber de mi.

Hay algo hermoso en mi ser que había olvidado, que había perdido yo solita por pensar que no valía la pena, que era una persona horrible, por que (en sus propias palabras) yo “no era tan buena como pensaba”.

Y de hecho si. Tuve que demostrarme a mi que tan buena podía ser y que tan agradable y tan altruista podía ser, por que yo sabía que así habido sido siempre.

Y si, así soy yo. Me gusta dar sin esperar nada a cambio, aunque si lo pienso, en realidad, cuando a mi me gusta dar algo, sea un detalle insignificante o lo que sea, es simplemente por que esa persona a quien se lo doy, ya me da algo a cambio. Quizá sin ella saberlo o notarlo. Pero aprendí a valorar hasta la presencia de las personas. Hasta sus mínimas palabras. Sobre todo, aprendí a valorar lo que cada ser aporta a tu vida.

Y ya hablando de ese tema, creo que no puedo terminar este post sin hablar de la persona a quien más identifico como mi guía en todo este camino. Me refiero a mi maestra de yoga. Y si, en un principio me sentí muy atraída a ella únicamente por su físico (es guapísima) pero después, ahora que he tenido la oportunidad de conocerla un poco más, me doy cuenta que es muy tierna, simpática, amable, es una belleza de persona.

No se si la estoy idealizando, pero si se que lo que veo en ella me agrada y mucho. Me hace sentir en mi centro, alejada de todo lo que me daña. Desde luego, la admiro y algún día me gustaría llegar a ser como ella, siendo capaz de hacer todas esas posturas con el mínimo esfuerzo, siendo capaz de darle a las personas a mi alrededor un “algo” capaz de cambiar sus vidas.

Ya recordé como era yo… y aunque hay muchas cosas de mi que quiero cambiar, también hay muchísimas que extrañaba y ya recuerdo porque…

Ya recordé como me hacía sentir esa canción, y es exactamente igual que como me hace sentir ella cuando está cerca de mi: feliz, completa, en paz y con equilibrio.

Y es porque dentro de mi habita una mujer sensible, de buenos sentimientos. Es porque podré ser una bruja, pero también soy un hada. Y es porque puedo encontrarle lo bueno hasta lo más malo y dar de mi el 100% en cada cosa que hago. Es porque me gusta dar sin esperar nada a cambio, porque lo que tengo es demasiado y sentirme agradecida por ello es algo que es muy de mi.

Es porque nunca he dejado de ser una escritora, ni de hacer música; es porque nada logra que abandone mi sueños y puedo levantarme una y otra vez y es porque, después de todo esto, después de haberme perdido en el más oscuro de los laberintos, volví a hallar la luz, una muy brillante, una que nunca se apaga, esa es la luz que me hace ser yo.

 

 

 

 

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